La vida obvia

Recuerdo haber asistido en el año 2015 a una conferencia en la USACH, de una destacada psicóloga estadounidense llamada Patricia Crittenden. En su presentación, entre muchas cosas muy interesantes, dijo la siguiente frase: “Cuando no hay crisis, todos somos iguales”.

Con esto hacia referencia a lo siguiente: frente a la “normalidad” o en el devenir regular de la vida, nuestro sistema afectivo se mantiene estable, en equilibrio, las emociones involucradas en el apego y separación se manifiestan con un grado de activación regulado, en equilibrio.

Cuando ocurre una situación critica o emergente, desplegamos estrategias de apego: podemos calmarnos solos o buscar compañía, desesperarnos, reaccionar con rabia o con llanto. Posiblemente hay más matices de reacción, pero no es en lo que quiero profundizar ahora.

Me quedó grabada la frase y la idea de fondo también.

"Cuando no hay crisis, todos somos iguales", cuando nuestros mundos se mantienen estables y coherentes con problemas “solucionables”, la vida se vuelve automática y algunos aspectos propios de nuestra cotidianidad se vuelven invisibles: ir a comprar pan, sacar plata del cajero, salir a trotar, jugar un partido de futbol con los amigos y/o amigas, juntarme con mi amiga y/o amigo a tomar algo, salir a bailar, ir a un recital, viajar, tomar la micro y/o metro, poner bencina al auto, ir al supermercado, comprar en una farmacia, carretear, pagar cuentas, ir al cine, comprar ropa, salir a comer un fin de semana, ir a visitar a un familiar enfermo y así podría estar todo el día enumerando acciones sociales cotidianas, obvias. Cuando hay crisis, nuestro sistema de afectos se desajusta: perdemos el control, nos sentimos solos y angustiados, tal vez algo deprimidos. Toda una serie de reacciones y sentidos que aparecen y nos hacen sentir como personas distintas.

No voy a profundizar en esto, pero los chilenos llevamos en el cuerpo dos crisis enormes: una sanitaria y otra social. Decidimos cambiar el rumbo de nuestras vidas el 18 de octubre del 2019 y como sacado de un guión cinematográfico nos cae un virus que amenaza nuestra vida y la de quienes amamos, nadie se salva.

Y resulta que ahora, “privados de libertad” involuntaria y temporalmente por un bien común, nos damos cuenta de que nada de lo que hacemos en nuestra cotidianidad nos pertenece, un virus nos arrebata toda posibilidad de hacer nuestra vida con total libertad.

Lo que antes nos parecía normal, invisible, una cualidad ganada, propia, parte casi de nuestra corporalidad existencial, hoy nos parece un valor más grande que la vida misma. Y es que todo esto nos permite darnos cuenta de que no tenemos nada ganado, nada es obvio, el tiempo y la libertad no se compran, nada nos pertenece, todo es transitorio, hasta ir al almacén a comprar el pan.

En momentos de crisis, los adultos tomamos conciencia de lo valioso que es abrir la puerta de la casa y salir a comer con la familia, ir al cine o hacer deporte al aire libre.

La lección que tenemos que sacar con todo esto (dentro de muchas) es que, cuando recuperemos la cotidianidad, valoremos el día a día, nuestra rutina, la posibilidad que tenemos de abrazarnos y también de movernos con libertad por el mundo, dentro de lo que nos permitan nuestras posibilidades materiales.
Como dijo Andrés Calamaro: “la vida es una cárcel con las puertas abiertas”.


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